abril 06, 2003


Volvió la chica simple. Ayer. Ofreciendo disculpas.

Hay dos opciones para enterarse del final de la chica simple. La más ágil es recordar el Acto III de la obra teatral Thoughts after Walesa de Kathleen Candyman y ahorrarse la lectura de este post, pues se trata de un hecho idéntico. La segunda es atenerse a mi cadena de acontecimientos, filtrada por los nervios.

A diferencia de su primer visita, que hizo mella en las normas de seguridad de mi oficina blanca y me hizo acreedor a recias llamadas de atención, la chica simple me hizo sentir incómodo. No dije palabra, no hice muecas, no extendí la mano: en mi cuadro de cortesías eso se toma como gracias terminamos sal de aquí. No logré ahuyentarla. Ofreció disculpas con una voz que irritó a mis compañeros más cercanos.

No los culpo. En un cajón metálico, lleno de candados y combinaciones, los empleados guardamos un álbum fotográfico para estos casos. Es confidencial, no voy a decir mucho, pero en él aparecen aquellos identificados a quienes debo acosar o evadir, según el caso. Por ejemplo está la foto de Hogan Lorraine, pintor de naturaleza muerta y megalómano visto por última vez en Zacatecas, temido en nuestro gremio por adormecer con su conversación a los Guardias mientras una comadreja sale de su pantalón y roba todos los sacapuntas. O la de Toño Vesubio, de nombre completo Antonio Vesubio Graham-Lloyd, quien visitó una sucursal de Tehuantepec y comentó al personal administrativo que no tenía hermano gemelo pero que, de haberlo tenido, éste pudo ser coche-bomba y todos viviríamos en riesgo.

Pillos menores ante la chica simple, de quien aparece una foto ambigua y porosa, de espaldas, captada en circuito cerrado. Al pie de foto dice: Estudiante poco alta, paranoika, gustos musicales, no provocar. Quien no la conoce y la juzga por su inclusión en el Álbum de Identificados, rodeada de carteristas e intoxicados de la vida urbana, se decepciona de los empleados de oficina blanca, de las chicas y también de los limones. Pero ella es una centerfold.

—Dónde está. Sácalo. Lárgate.

Fue lo único que dije, cuidando mi pellejo, en referencia al limón. Su reacción fue sacar un envoltorio de toallas que despedía olor a cítrico y maldad antediluviana. Mi sensatez (soy muy sensato) se derrumbó. Sentí nuevamente el impulso de fragmentación que hace dos meses me llevó a comportamientos increíbles. Increíbles para mí. Increíbles para cualquier empleado de oficina blanca. Increíbles también para la chica simple, que temió lo peor y prefirió evadirse: antes de que pudiera emitir el Síntoma —así llamamos a un hitazo de sorpresa que inunda la oficina de agentes uniformados— desenvolvió las toallas y dejó al descubierto el limón.

Un limón. Luz despeñada. Todos inmóviles.

De su chichón mil veces extendido y mordiente salió una protuberancia dentada, y de ésta una lengua y un ulular de frecuencia altísima, taladrando nuestras cabezas. La chica simple se inmoló ante su Señor, quise decir su Fruto, que en segundos había extendido dos tentáculos —uno de ellos tatuado—, echándosele encima, frotándose y frotándola. Aerolitos, roedores, tímpanos. El limón derramó su maldito jugo entre las ropas, coyunturas y orificios de la chica simple haciendo de ella un ente irreconocible, acuoso y ambiental.

—Fue un bonito poema, pero acabó.

Emití el Síntoma, que casi nunca llega pero cuando llega alcanza lo fatal. Varios uniformados con licencia y mano dura intentaron aprehenderla, cosa de niños. Pero la chica —su cuerpo, su podrido cariño— recién se había desvanecido sobre mi escritorio, embarrando sellos y pólizas, hecha una flacidez que recordaba los relojes de Dalí.


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mr_phuy@mail.com


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